“Te amo, te odio, dame más”. Eso es lo que dice Peperina al oído del representante del cantante-narrador. “Te amo, te odio, dame más”, es el giro copernicano de una canción que parte como una fábula de una chica hippie para tomar un aire más negro, más amargo. “Quiero contarles una buena historia / la de una chica que vivió la euforia / de ser parte del rock / tomando té de peperina”. Pero esa “Peperina” tenía nombre y apellido. Según la última biografía del periodista argentino Pablo Plotkin La indómita luz. Un retrato de Charly García ( Ediciones UDP ) aquella “chica hippie” se llama Patricia Perea, natural de Córdoba. Era una joven crítica de rock que siempre tiraba ácidos dardos contra Charly García y su banda de entonces, los célebres Serú Girán , Por ejemplo, para el show de presentación del álbum La grasa de las capitales (1979), Perea escribió para la revista Expreso imaginario : “Si Charly, a lo largo de su carrera pretendió ser la Marilyn Monroe del rock versión masculina francamente les digo que en Córdoba ya la ha emulado. Si lo que pretendió es hacer música y comprometerse con la denuncia implícita en La grasa de las capitales (¿o es sólo otro de los recursos lucrativos?) es mejor que comience a rebobinarse un poco a sí mismo". Por supuesto, Perea no era la única crítica musical que no comulgaba con el sofisticado sonido del combo García-Aznar-Lebón-Moro, pero acaso sí la más punzante. La corona de espinas permanente en la melena de Charly. Pero Plotkin también revela un antecedente del choque de trenes en ese mismo 1979. “La huella del conflicto nos lleva de vuelta a la primera noche de Serú en Córdoba, tras el show en el Atenas de junio del 79. Allí compartieron un asado músicos, técnicos y algunas personas del ambiente del rock local. Patricia estaba entre los comensales. –Vos sos hippie –la provocó Charly durante el asado–, todavía creés en el amor y los ideales. Esto es un negocio. –Vos sos un payaso –respondió ella–, y voy a escribir que tu recital fue una mierda”. Además, como cordobesa, Perea tenía una mirada muy crítica hacia la escena musical de Buenos Aires, que de alguna forma veía representada en Charly. Así lo explica Plotkin: “En una carta publicada como informe sobre el rock cordobés en el Expreso de diciembre de 1980 (ilustrado con una foto de Patricia sacando la lengua), escribió: ‘Hasta para los más ‘vanguardistas’ de esta provincia, Buenos Aires configura una especie de gran caja de delirantes snobismos, de propuestas teóricas que mueren en la letra. Es un mundo artificial, sin substancia, y produce cosas artificiales inclusive en el arte”. Por ello el hombre del bigote bicolor tomó una decisión. “Charly decidió que esa chica de 19 años era el chivo expiatorio perfecto para pagar las culpas de los críticos que se habían ensañado con él -dice Pablo Plotkin en la citada biografía-. O quizás, como dice Pipo Lernoud, simplemente encontró a un gran personaje para hacer una canción”. Peperina fue compuesta en 1981, y usó un elemento real, pues Perea había tenido un affaire con Daniel Grinbank, el joven productor de los “Beatles argentinos”. En base, a ello fue tejiendo una mirada condescendiente de su crítica. “Hay subestimación en el retrato que hace Charly de esa chica, pero también hay fascinación por algo que no puede atrapar ni termina de comprender”, escribe Plotkin. “En la ficción, Charly pintaba a Peperina como una groupie despechada, una cazadora que colgaba cabezas de rockeros en las paredes de una casita aromatizada con palo santo. Atormentada por la distancia que hay entre sus deseos y sus miedos, se siente pura pero está rota. No tiene paz, no encuentra redención, y reclama más de aquello que le hace daño”. Cuando salió el álbum Peperina, en agosto de 1981, de inmediato Perea supo que estaba dedicado a ella. O más bien, que ella había sido la inspiradora de aquella fábula rock. “Trabaja en los recitales / Vive escribiendo postales / Duerme con los visitantes / Y juega con los locales / Su cuerpo tiene pegada grasa de las capitales”. Y acaso ese estigma de ser, efectivamente, “Peperina”, se adhirió a su cuerpo como la grasa pegajosa, y por ello, decidió alejarse del rock. “A Patricia, la conexión evidente con el personaje de ficción diseñado por ese Charly en estado de gracia se le volvió un estigma. Se alejó del rock, dejó de escribir crónicas y estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba. Se puso de novia con un chico de ‘buena familia, con raíces aristocráticas’, según narraría ella en sus memorias, el opuesto al ‘trovador bohemio, vicioso y transgresor’ que la había inmortalizado como una Cenicienta hater, y fue su cable a tierra durante un tiempo”. Sin quererlo, Perea se convirtió en un personaje de culto dentro del rock argentino. Incluso, en 1995 su historia llegó al cine, con una película protagonizada por Andrea del Boca y dirigida por su pareja en aquel entonces, Raúl de La Torre , lo que por supuesto, no le gustó nada. Años después, confesó: “Fue una cruz que tuve que llevar toda mi vida, hasta el día de hoy. Hay gente que imagina que soy lo que dice la película o la canción y nada que ver”. Perea -o Peperina- vivió con problemas siquiátricos durante el resto de su vida. Cuenta Plotkin: “En los años siguientes se profundizaron sus problemas de salud mental. Fue internada en el Hospital Neuropsiquiátrico Provincial y logró recuperarse gracias a la contención espiritual de los jesuitas y a una terapia lacaniana”. Falleció a los 56 años de edad el 19 de septiembre de 2016 en Córdoba. Había vivido lo suficiente. Muchas vidas en una sola canción.

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) es mejor que comience a rebobinarse un poco a sí mismo". Por supuesto, Perea no era la única crítica musical que no co