El 21 de febrero de 1972, Richard Nixon aterrizó en Pekín. Ningún presidente estadounidense en ejercicio había pisado antes la República Popular China. Lo esperaba el primer ministro, Zhou Enlai, y ambos se estrecharon la mano. La cumbre, que duró una semana, dejó imágenes históricas, como el encuentro de Nixon con el presidente del Partido Comunista, Mao Zedong. Dos países profundamente distintos, unidos sobre todo por su recelo hacia la Unión Soviética, habían encontrado la manera de cooperar sin ocultar sus desacuerdos. Más de medio siglo después, la lección sigue vigente: en política exterior, las afinidades no siempre determinan las alianzas y las diferencias no necesariamente impiden la cooperación. Chile no tiene el poder de las grandes potencias para imponer las reglas, pero sí el deber de definir cómo quiere participar en el mundo. Y eso exige más que administrar relaciones diplomáticas: requiere una estrategia que conecte la inserción internacional con su desarrollo. Para ello, el país cuenta con un patrimonio no menor: décadas de apertura comercial, una extensa red de acuerdos y una reputación de cumplir sus compromisos. Hoy, cuando las reglas del comercio internacional cambian, nuestra capacidad de relacionarnos con distintos actores es una ventaja que debemos cuidar y profundizar. Pero la apertura, por sí sola, no garantiza el desarrollo. Necesitamos anticipar riesgos, diversificar nuestras relaciones económicas y participar en las nuevas cadenas globales de valor. Y no basta con ofrecer oportunidades si no entregamos certezas para aprovecharlas. Un inversionista evalúa el potencial de un mercado, pero también su estabilidad jurídica, la continuidad de sus políticas y la capacidad de sus instituciones para cumplir lo que prometen. Esa certeza no puede depender de cada cambio de gobierno ni de mayorías circunstanciales: es un activo del país, que requiere acuerdos, responsabilidad institucional y una mirada de largo plazo. Y construir esa confianza exige prudencia en el debate público. El desafío, entonces, es doble. Hacia afuera, sostener una política exterior pragmática, abierta y capaz de defender nuestros intereses. Hacia adentro, construir los consensos que permitan transformar las oportunidades internacionales en inversión, actividad productiva y empleo. Chile ya ha demostrado que puede hacerlo, y eso también es parte de nuestra reputación: un país que logra acuerdos y mantiene un rumbo reconocible está en mejor pie para atraer proyectos. Nixon y Mao probaron que incluso entre adversarios es posible identificar intereses comunes. En un mundo crecientemente polarizado, Chile necesita preservar su autonomía, ampliar sus opciones y proyectar estabilidad. Porque la política exterior no consiste solo en representar a Chile ante el mundo, sino también en crear las condiciones para que se desarrolle en él. Y esa es una responsabilidad que debe estar por encima de nuestras diferencias. Por Rodrigo Yáñez , secretario general de Sofofa

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El 21 de febrero de 1972, Richard Nixon aterrizó en Pekín. Ningún presidente estadounidense en ejercicio había pisado an