Rolf vivía en Alemania y creció creyendo que su padre había desaparecido en combate en Rusia. Eso le había dicho su madre. En marzo de 1956, cuando tenía unos doce años, conoció al “tío Fritz” en los Alpes suizos. Era un hombre amable de quien recibía noticias de vez en cuando. Ese era el único encuentro con él que recordaba de su infancia. A los 16 años, su madre, Irene Schönbein, le contó que aquel tío que vivía en Sudamérica era, en realidad, su padre. Su verdadero nombre era Josef Mengele, el médico nazi conocido como “el ángel de la muerte”. El hombre con quien había compartido unas vacaciones de esquí era buscado por sus crímenes en Auschwitz. El ángel de la muerte Josef Mengele nació en 1911 en Günzburg, Alemania, en una familia acomodada. Estudió medicina y antropología y trabajó con el genetista Otmar von Verschuer, especializado en gemelos. Adhería al racismo nazi, que consideraba a los alemanes superiores a los demás pueblos. En 1937 se afilió al Partido Nazi y, al año siguiente, ingresó en las SS, la organización que administraba los campos de concentración y exterminio. En mayo de 1943 fue destinado a Auschwitz. Cuando los trenes llegaban con los deportados, Mengele era uno de los médicos que decidían su destino. Algunos eran destinados al trabajo forzado; otros, enviados a las cámaras de gas. Muchos niños, ancianos y enfermos fueron condenados a morir en esa primera selección. También buscaba entre los recién llegados a quienes usaría para sus experimentos. Le interesaban especialmente los gemelos. Los medía, les extraía sangre y los sometía a procedimientos dolorosos. Algunos murieron por las intervenciones. A otros, directamente los mandó matar para comparar sus órganos en las autopsias. También sometió a sus experimentos a personas con enanismo o que tenían un ojo de cada color. Los prisioneros lo conocieron como “el ángel de la muerte”. En enero de 1945, cuando el Ejército Rojo se acercaba a Auschwitz, huyó. Nunca tuvo que responder por sus crímenes ante un tribunal. Después de la guerra se ocultó en Alemania y, en 1949, escapó a la Argentina con documentación falsa. Durante años vivió en Buenos Aires con el apoyo económico de su familia. En 1959 pasó a Paraguay y, tras la captura de Adolf Eichmann por agentes israelíes en 1960, terminó refugiado en Brasil. Allí encontró personas que le dieron alojamiento, lo ayudaron a ocultar su identidad y mantuvieron el contacto con sus familiares en Alemania. El encuentro En octubre de 1977, Rolf decidió viajar para enfrentarlo personalmente. Quería preguntarle por su pasado y escuchar sus respuestas sin la distancia de las cartas que intercambiaban. Para entonces ya era abogado y se había convertido en la oveja negra de los Mengele. Influido por el espíritu rebelde de los años sesenta, cuestionaba la riqueza y el poder de sus parientes, dueños de una fábrica de maquinaria agrícola en Günzburg. El viaje se organizó en secreto, con muchas precauciones para evitar que alguien lo siguiera hasta el escondite. Según la reconstrucción del periodista británico John Ware, coautor de “Mengele: The Complete Story”, Rolf llevaba su propio pasaporte y otro de un amigo al que se parecía, y 5000 dólares que la familia enviaba a su padre. Primero voló a Río de Janeiro y, desde allí, a San Pablo. Tenía instrucciones de permanecer unos días en un hotel y si sospechaba que alguien lo seguía debía regresar a Alemania de inmediato. El día acordado, antes de encontrarse con Wolfram y Liselotte Bossert, el matrimonio que ayudaba a su padre, cambió varias veces de taxi. El último tramo lo hizo en el Volkswagen de la pareja. Mengele también le había pedido que le llevara un diccionario de latín e inglés, repuestos para su afeitadora, unas grabaciones y dos obras de Ovidio sobre el exilio, Tristes y Cartas desde el Ponto . A la lista también sumó un libro de Hans Ulrich Rudel, el aviador nazi que se había hecho amigo en la Argentina. “Mengele logró vivir aquí durante casi 20 años sin ser detenido porque estaba protegido por sus amigos. Había una pareja austríaca [los Bossert], una pareja húngara [los Stammer]… Todos hablaban alemán. Así que [Mengele] podía conversar con ellos en su propio idioma. No es que viniera al fin del mundo y perdiera el contacto con su cultura. No, vivía en una Baviera tropical. Escuchaba música clásica, tenía una buena biblioteca en alemán que conseguía tener actualizada”, explicó la periodista brasileña Betina Anton, autora de “Baviera tropical”, en una entrevista con EL PAÍS. Cuando Rolf llegó a la modesta casa en la que vivía su padre, Mengele lo esperaba con lágrimas en los ojos. Habían pasado más de veinte años desde las vacaciones en Suiza. Según recordó el hijo, se encontró con un hombre envejecido y temeroso, que parecía mucho mayor que sus 66 años y poco tenía que ver con el “tío Fritz” de su infancia. Se abrazaron, pero Rolf se sintió frente a un extraño. Pasaron catorce días juntos. Según el relato de Rolf, recogido por Ware, cuando le preguntaba por Auschwitz su padre se cerraba y le contestaba con irritación. El hijo quería saber qué había hecho y cómo explicaba los crímenes que le atribuían. Mengele negaba haber lastimado a alguien y sostenía que había cumplido órdenes. “Yo no inventé Auschwitz”, se defendió. Incluso llegó a decirle que los gemelos del campo le debían la vida. Rolf cuestionó esas explicaciones. Si estaba tan convencido de su inocencia, ¿por qué no se entregaba? “No hay jueces, solo vengadores”, respondió Mengele. Las conversaciones terminaban sin que reconociera su responsabilidad y su hijo comprendió que no iba a escuchar una expresión de arrepentimiento. “No quería cargar de discusiones aquel único y último encuentro”, recordó en una entrevista por escrito con Yedioth Ahronoth, cuyas declaraciones reprodujo Die Welt el 8 de mayo de 2008. Cuando Rolf regresó a Alemania decidió no revelar el escondite de su padre. “Era mi padre. Un miembro de la familia. No podía entregarlo. Eso habría sido una traición a la familia”, explicó años más tarde. Un mes después de la visita, Mengele le escribió para agradecerle el encuentro: “Ahora puedo morir en paz”. Seis años de silencio El 7 de febrero de 1979, Josef Mengele fue con los Bossert a una playa de Bertioga, en la costa brasileña. Mientras nadaba sufrió un accidente cerebrovascular y murió ahogado. Fue enterrado en Embu bajo el nombre de Wolfgang Gerhard, la identidad que había utilizado para ocultarse. Tenía 67 años. Rolf supo de la muerte por una carta de unos amigos que habían acompañado a su padre en Brasil. El mensaje anunciaba la muerte sin mencionar su nombre: “Nuestro amigo nos ha dejado en una playa tropical”. Según la reconstrucción de Ware, la primera reacción de Rolf al conocer la noticia fue de alivio. “Tenía un conflicto que nunca podía resolverse”, explicó. La muerte había cerrado la posibilidad de que su padre fuera detenido y juzgado, una situación que le provocaba sentimientos encontrados por el vínculo familiar y por lo que sabía de Auschwitz. El hijo viajó a Brasil para comprobar las circunstancias de la muerte, pero al regresar guardó silencio. Mientras las autoridades seguían buscando a Mengele, él sabía que estaba enterrado bajo otro nombre. En 1985 explicó su decisión: “Permanecí en silencio por consideración hacia las personas que habían estado en contacto con mi padre durante los últimos treinta años”. El secreto empezó a deshacerse cuando la policía alemana allanó la casa de Hans Sedlmeier, un hombre de confianza de la familia, y encontró correspondencia que condujo a los investigadores hasta Brasil. Allí localizaron la tumba y exhumaron los restos en junio de 1985. Rolf confirmó entonces que su padre había muerto seis años antes. Las pericias forenses identificaron los restos como los de Mengele. En 1992, un estudio de ADN confirmó esa conclusión. La familia se negó a repatriar los restos a Alemania. Los huesos quedaron en el Instituto Médico Legal de San Pablo y, años después, fueron utilizados en clases de medicina forense. Por su parte, Rolf adoptó el apellido de su esposa, Jenckel, para evitar que sus hijos cargaran con el nombre de su abuelo. En 2008 volvió a hablar y pidió que no lo odiaran por los crímenes de su padre. También contó que pensó en viajar a Israel, pero desistió por temor a que su presencia incomodara a los sobrevivientes. “Me hubiera gustado tener un padre diferente”, dijo en una entrevista con el diario israelí Yedioth Ahronoth.
Rolf vivía en Alemania y creció creyendo que su padre había desaparecido en combate en Rusia. Eso le había dicho su madr



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