Una relación puede terminar un día y uno seguir viviendo dentro de ella durante meses. Puedes saber perfectamente que se acabó, incluso puedes haber sido tú quien decidió terminarla. Tuviste la conversación, se lo contaste a tus amigos, borraste las fotos, devolviste las llaves, bloqueaste un número, todo con una convicción digna de resolución judicial. El problema es que al aparato psíquico nadie le avisó que el trámite ya estaba hecho. Despiertas al día siguiente y, durante esos primeros segundos medio dormidos, olvidas que ya no están juntos. Después te acuerdas. Y esa misma semana vuelve a pasar, dos o tres veces más, aunque uno pensaría que con una sola vez bastaría para aprenderlo. Cuando amamos a alguien lo vamos dejando repartido por todas partes. En la canción que escuchábamos en el auto, en el restaurante al que siempre íbamos, hasta en el aviso de un local de comida rápida que un día, sin razón aparente, te da pena. Por costumbre, en el supermercado, miramos esas galletas que solo le gustaban a él o ella. Son detalles insignificantes, pero duelen de una manera desproporcionada. Y después están las pérdidas más grandes, las vacaciones que habíamos imaginado, la casa, los cumpleaños que creíamos que todavía íbamos a compartir. Podemos extrañar incluso una vida que, en rigor, nunca existió. Ese futuro que visitamos tantas veces en la imaginación que ya lo sentíamos nuestro, y del que no quedan fotografías que guardar porque nunca alcanzó a suceder. No hay una sola cosa que soltar, hay cientos, y cada una insiste en volver por su cuenta. Al llegar el domingo, al pasar algo bueno y pensar por un instante en contárselo, al llegar su cumpleaños y no saber si escribir. Es la misma paradoja de siempre, empezar a estar mejor alivia y duele al mismo tiempo, porque una tarde nos damos cuenta de que llevábamos horas sin pensar en esa persona, y ese alivio viene acompañado de una tristeza enorme. Significa que algo se está terminando de verdad. Alguien que fue nuestra primera llamada y el último pensamiento del día empieza a convertirse en alguien que fue. La relación termina una sola vez; de la persona nos despedimos muchas. Y hay algo que hace especialmente difícil esa despedida. A diferencia de otras pérdidas, la persona sigue existiendo en alguna parte del mundo. Sigue despertando cada mañana, conociendo gente, viviendo su vida sin pedirle permiso a la nuestra. Puede llamar, puede arrepentirse, puede enamorarse de alguien más, o simplemente no hacer nada de eso y seguir, tan campante, con lo suyo. Salió de nuestra vida, pero no del mundo , y por eso, durante un tiempo, su ausencia se parece tanto a un fantasma. Podemos seguir llorándolo incluso cuando ya no queremos que vuelva. Eso confunde, porque tendemos a pensar que si todavía duele es porque todavía amamos. Pero no necesariamente. Lloramos los años, la confianza, lo que perdonamos, lo que nunca alcanzamos a decir. A veces lloramos algo más difícil de reconocer, quiénes éramos nosotros dentro de esa relación. Porque cuando perdemos a alguien no siempre sabemos qué perdimos con él. Si extrañamos al otro, al nosotros, o a esa persona que éramos cuando todavía creíamos que la historia iba a resultar. Salir de alguien ocurre así, sin ceremonias. Un día dejamos de mirar si vio nuestra historia. Después, sin darnos cuenta, una canción termina y no lloramos, ni siquiera notamos que antes sí. Hasta ese restaurante, el de siempre, vuelve a ser nada más que un lugar donde se come bien. También hay que soltar la fantasía de que el otro será testigo de nuestra recuperación, porque mientras la necesitemos, una parte de ella todavía sigue ocurriendo para él. En algún momento nos damos cuenta de que ya no estamos esperando que vuelva. No hace falta odiarlo ni convencernos de que nunca importó. Puede que todavía exista cariño, o algo de tristeza. Hay personas que alguna vez fueron casa y no necesitan convertirse en monstruos para que podamos irnos de ellas. Podemos recordarlas sin volver a vivir ahí. Y ese día no llega con ninguna señal particular. Es un día cualquiera, como tantos otros, solo que esta vez ya no estamos viviendo dentro de esa historia. __ María Jesus es psicóloga cínica, especialista en vínculos, ruptura y duelo.
Una relación puede terminar un día y uno seguir viviendo dentro de ella durante meses. Puedes saber perfectamente que se






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