El domingo pasado, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió lo que ningún político brasileño había logrado. Un cuarto mandato, obtenido además con una remontada sin precedente en la historia democrática de ese país. Lula perdió la primera vuelta del 4 de octubre frente a Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente, por casi dos puntos porcentuales. Los últimos sondeos previos a la segunda vuelta todavía daban una ligera ventaja al opositor. Al final, el presidente ganó con 51.8 por ciento de los votos, una diferencia superior a cuatro millones de sufragios. Vale la pena detenerse en las razones, porque dejan lecciones que trascienden a Brasil. En los últimos años se extendió entre analistas e inversionistas la visión de que los modelos populistas, basados en distribuir beneficios mediante programas sociales, estaban haciendo agua. Argentina sería la prueba más citada. El resultado brasileño obliga a matizar esa tesis. Los análisis disponibles coinciden en que una parte decisiva de la votación adicional que obtuvo Lula entre la primera y la segunda vuelta provino del temor de millones de personas a perder los apoyos que hoy reciben. El propio comité de campaña reconoció que la estrategia de la remontada pasaba por movilizar a los militantes, pero sobre todo por convencer a indecisos y abstencionistas de que el regreso del bolsonarismo pondría en riesgo los programas sociales, los salarios y las pensiones. No fue solo discurso. Bolsa Família, que llega a más de 19 millones de hogares, recibió un reajuste de 15 por ciento días antes de la primera vuelta, y el gobierno adelantó la dispersión de las transferencias en la antesala de la segunda vuelta, junto con alivios de deuda y apoyos adicionales para estudiantes de bajos ingresos. La abstención bajó de 21.1 a 19.2 por ciento entre ambas vueltas. Buena parte de quienes regresaron a las urnas lo hizo para defender lo que ya tiene. De poco sirvió que Bolsonaro insistiera en que no tocaría los programas. El antecedente pesó más que la promesa. De ahí se desprende la primera lección. Mientras no haya una crisis financiera asociada al costo fiscal de esos programas, en términos electorales los beneficios funcionan. Brasil llegó a la elección con un crecimiento promedio cercano a 3 por ciento anual en el cuatrienio, desempleo en mínimos históricos, inflación de alrededor de 4.5 por ciento y pobreza extrema a la baja. Sí. Hay deterioro fiscal, deuda elevada y tasas de interés de dos dígitos, pero no hay crisis. Y sin crisis, el votante no castiga a quien le da. Castiga a quien percibe que puede quitarle. El contraste es Argentina en 2023. Cuando la inflación superó 140 por ciento y el esquema se volvió insostenible, las transferencias dejaron de asegurar lealtades y el electorado optó por la motosierra. La frontera entre un modelo que gana elecciones y uno que las pierde no es ideológica. Es macroeconómica. Por eso la primera reacción de los mercados fue de caídas en los activos brasileños y por eso la agenda fiscal será el frente más vigilado del cuarto mandato. La segunda lección corre por cuenta de la derecha. Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por la trama golpista, se instaló en una posición de arrogancia. Dio por hecho que el desgaste de Lula bastaría para ganar y, desde su reclusión, impuso en diciembre pasado la candidatura de su hijo, descartando al gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, el aspirante con mejor perfil competitivo. La promesa estrella de la campaña fue el indulto al expresidente, mientras afloraban investigaciones sobre las finanzas del candidato. El bolsonarismo convirtió la elección en un plebiscito sobre sí mismo, en lugar de hablar de la economía del día siguiente. Y perdió por un margen mayor al de 2022. ¿Cuál es el corolario para México? Los Programas del Bienestar dispondrán en 2026 de casi un billón de pesos, poco más de 2.5 por ciento del PIB, con cerca de 43 millones de beneficiarios según cifras oficiales. Como en Brasil, son electoralmente eficaces y lo seguirán siendo mientras las finanzas públicas los sostengan. Una oposición que apueste al colapso del modelo, o que insinúe una revisión de los apoyos, difícilmente será competitiva. El riesgo del modelo no está en las urnas, sino en la caja. Un déficit amplio que ronda 4 por ciento del PIB, la carga financiera de Pemex y un gasto cada vez más rígido marcan los límites de la ecuación. El día que hubiera que elegir entre pagar la deuda y mantener los programas, la aritmética electoral cambiaría, como ocurrió en Argentina. Para el gobierno, la lección es clara. Cuidar la estabilidad financiera no es una concesión a la ortodoxia. Es la condición de supervivencia política del propio modelo. Lula ganó porque millones salieron a defender lo que ya tienen. Esa fuerza electoral durará exactamente lo que dure la estabilidad que la hace posible.
El domingo pasado, Luiz Inácio Lula da Silva consiguió lo que ningún político brasileño había logrado. Un cuarto mandato





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