El 11 de junio de 1982, mientras en las islas Malvinas se libraban algunos de los combates más encarnizados de la guerra, un avión bajó en el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini con un pasajero cuya presencia quedaría grabada para siempre en la memoria argentina. No era un jefe de Estado ni un enviado militar, sino el papa Juan Pablo II, que llegaba a un país gobernado por una dictadura en crisis , con miles de familias pendientes del destino de sus hijos y una sociedad que comenzaba a comprender que la aventura bélica podía terminar en una catástrofe. La escena tenía una dimensión extraordinaria. El mismo Pontífice que pocos días antes había visitado Gran Bretaña, el país enemigo en el conflicto, decidió viajar también a la Argentina . Su intención era inequívoca: llevar un mensaje de paz, acompañar a los ciudadanos en el sufrimiento y reclamar a los gobiernos que evitaran nuevas muertes. Lo haría en apenas 36 horas, en un recorrido que incluyó la Catedral Metropolitana, la basílica de Luján, una misa multitudinaria en Palermo y encuentros con las máximas autoridades religiosas y políticas. Pero aquel viaje no fue una visita pastoral convencional. Se organizó en medio de una crisis diplomática internacional, con una guerra en desarrollo y una Santa Sede que debía evitar cualquier sospecha de parcialidad. Detrás de la decisión estuvieron el secretario de Estado del Vaticano, Agostino Casaroli; el cardenal argentino Raúl Primatesta; los obispos de ambos países y un enviado especial del Papa, el arzobispo Achille Silvestrini. También intervino el gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri, que vio en la llegada del jefe de la Iglesia católica una oportunidad de enorme impacto simbólico. Una visita que fue programada para otro momento La historia comenzó mucho antes del desembarco argentino en las islas. En 1980, el Vaticano organizó un viaje de Juan Pablo II a Gran Bretaña, que finalmente se realizaría entre el 28 de mayo y el 2 de junio de 1982. Era una visita de enorme importancia religiosa y ecuménica: por primera vez un Papa viajaría a ese territorio en tiempos modernos, con el propósito de acercarse a la Iglesia anglicana y a los católicos británicos. Sin embargo, el 2 de abril de 1982, la recuperación militar de las Malvinas por parte de la Argentina modificó por completo el escenario. Gran Bretaña envió una fuerza militar al Atlántico Sur y comenzó una guerra que puso a la diplomacia internacional ante un desafío inesperado. El Papa se encontró frente a un dilema delicado: mantener su viaje a Londres podía ser interpretado como un gesto de respaldo a los británicos , mientras que cancelarlo significaría un conflicto con las autoridades religiosas de ese país. Juan Pablo II consideró incluso la posibilidad de suspender o postergar su viaje. Pero los obispos británicos insistieron en que no debía hacerlo. La visita fue preparada durante mucho tiempo y su cancelación, advirtieron, sería prácticamente imposible de reparar. Además, la Iglesia anglicana también esperaba ese encuentro. En la Argentina, entretanto, los obispos comenzaron a transmitir a Roma su preocupación . Consideraban que el Papa no podía viajar a Gran Bretaña sin acercarse también a nuestro pueblo, que atravesaba una guerra con ese país. El riesgo era que su presencia en Londres se interpretara como una identificación con una de las partes. La cuestión llegó a los principales despachos del Vaticano. Allí desempeñó un papel central el cardenal Agostino Casaroli, secretario de Estado y uno de los diplomáticos más influyentes de la Santa Sede. Junto con él actuó el cardenal Raúl Primatesta, entonces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien transmitió la inquietud de la Iglesia local y defendió la necesidad de que Juan Pablo II también estuviera aquí. El Papa aceptó. No se trataba de una mediación formal ni de una negociación diplomática entre los dos gobiernos, sino de un viaje pastoral de emergencia , organizado en un tiempo extraordinariamente breve. La decisión también buscaba evitar que su visita a Gran Bretaña fuera utilizada como argumento para cuestionar la imparcialidad del Vaticano. El 25 de mayo, mientras se celebraba un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, Juan Pablo II escribió una carta dirigida a los fieles argentinos. Allí explicó que el viaje a Gran Bretaña había sido programado dos años antes y que, pese a las dificultades, no podía cancelarlo sin provocar una profunda decepción entre los católicos y otros sectores religiosos británicos. Aclaró que aquella visita tenía un carácter estrictamente pastoral y ecuménico, no político. Además expresó su preocupación por el conflicto del Atlántico Sur y manifestó su esperanza de que se encontrara una solución mediante negociaciones pacíficas. También anunció su disposición a viajar directamente desde Inglaterra a la Argentina para rezar por la paz ante la Virgen de Luján . Al día siguiente, el arzobispo Achille Silvestrini llegó a Buenos Aires como enviado especial del Pontífice. Su misión era transmitir formalmente la decisión y entrevistarse con las autoridades argentinas. Fue recibido por Galtieri, quien aceptó la visita. Así quedó confirmado el viaje para el 11 y 12 de junio. En las gestiones también tuvo lugar el canciller Nicanor Costa Méndez, que quedó como uno de los rostros políticos más visibles del régimen durante aquellos días. Como ministro de Relaciones Exteriores formaba parte de la interlocución oficial con la Santa Sede y del dispositivo diplomático que acompañó la visita. Galtieri, los comandantes y el recibimiento en Ezeiza La llegada se produjo en un momento dramático. La guerra llevaba más de dos meses y las fuerzas británicas habían consolidado su desembarco en las islas. El hundimiento del crucero General Belgrano, el 2 de mayo, había provocado la muerte de 323 argentinos. Los ataques aéreos, los enfrentamientos navales y los combates terrestres acumulaban víctimas, mientras las familias seguían con angustia las noticias oficiales, muchas veces contradictorias. En el continente, el régimen militar atravesaba una crisis política y económica profunda. Galtieri, que había llegado al poder en diciembre de 1981, apostó buena parte de su autoridad al éxito de la operación militar . La derrota comenzaba a perfilarse como una amenaza para la continuidad de la dictadura. A las 8.50 horas del viernes 11 de junio, el avión papal aterrizó en el aeropuerto internacional de Ezeiza. Juan Pablo II, de 62 años, cuando descendió fue recibido por el cardenal Juan Carlos Aramburu, arzobispo de Buenos Aires, y por el nuncio apostólico en la Argentina, monseñor Ubaldo Calabresi. Después de besar suelo argentino, se encontró con el presidente de facto, Leopoldo Galtieri, y con los otros integrantes de la Junta Militar: el almirante Jorge Isaac Anaya, comandante en jefe de la Armada, y el brigadier Basilio Lami Dozo, titular de la Fuerza Aérea. El recibimiento tenía una particularidad: no se organizó como una visita de Estado convencional, con honores militares y una puesta en escena protocolar. El Vaticano insistió en el carácter pastoral del viaje y buscaba evitar que la presencia del Papa fuera utilizada como una señal de respaldo político a la dictadura o a la posición argentina en la guerra. En su primer discurso, el Pontífice dijo que su presencia quería ser una prueba visible de amor hacia un pueblo que atravesaba un momento doloroso. Y fue directo al punto central: pidió la paz de Cristo para todas las víctimas de ambos bandos del conflicto entre Argentina y Gran Bretaña, expresó su cercanía con las familias que lloraban a sus seres queridos y reclamó a los gobiernos y a la comunidad internacional medidas para evitar daños mayores. Una de las frases más contundentes de aquella intervención fue una advertencia sobre la naturaleza de la guerra: “En cuyo escenario de muerte y dolor sólo queda en pie la mesa de negociación que podía y debía evitarla”. No era una adhesión a la estrategia de la dictadura ni una defensa de la posición británica. Era un llamado a detener la violencia y a encontrar una salida que permitiera preservar la dignidad de los dos países. La reunión con Galtieri y el mensaje a los argentinos Tras el recibimiento se trasladó hacia el centro porteño. El trayecto estuvo acompañado por miles de personas que se acercaron a las autopistas Ricchieri y 25 de Mayo para saludarlo. Pese al frío y a la lluvia, las calles se llenaron de familias, jóvenes y grupos religiosos que agitaban banderas y buscaban verlo de cerca. En la Catedral Metropolitana lo esperaban sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y representantes de movimientos eclesiales. Allí pronunció un mensaje en el que volvió a referirse a la guerra y a las familias afectadas. Dijo que había ido a rezar por quienes perdieron la vida, por las víctimas de ambos lados y por los hogares que sufrían las consecuencias . Después mantuvo un encuentro con Galtieri. Fue una reunión privada y breve, de aproximadamente veinte minutos, cuyo contenido completo nunca se conoció de manera oficial. Años después, el propio dictador contó al periodista y escritor Juan Bautista Yofre que el Papa no le habló de Malvinas, sino de la necesidad de acelerar una respuesta a la propuesta de la Santa Sede para resolver el conflicto limítrofe con Chile por el canal de Beagle . La versión de Galtieri merece ser considerada con cautela: fue su propio relato, formulado después de la guerra. El expresidente de facto también sostuvo que la visita papal había perjudicado a la Argentina en el conflicto con Gran Bretaña, aunque no explicó con claridad de qué manera. Lo cierto es que el mensaje público del Pontífice no dejó dudas sobre su preocupación por la guerra y la necesidad de terminarla. En ese mismo contexto, las palabras de Juan Pablo II sobre las víctimas y las familias que desconocían el destino de sus seres queridos adquirían una resonancia particular en un país atravesado también por el drama de los desaparecidos. Sin nombrar directamente a la represión ilegal en su discurso de bienvenida, el Papa pidió consuelo para quienes vivían en la incertidumbre por el destino de algún familiar . La posibilidad de que hubiera intentado interceder personalmente ante ambos gobiernos para detener la guerra también alimentó numerosas versiones. No era una sospecha infundada: antes y durante sus viajes a Gran Bretaña y la Argentina, el Pontífice hizo gestiones diplomáticas y llamados públicos para que Londres y Buenos Aires encontraran una salida negociada . En su despedida de Buenos Aires, incluso habló de los contactos mantenidos en ambas visitas y pidió a los responsables de los dos países que evitaran nuevas pérdidas de vidas. Sin embargo, no hay pruebas concluyentes de que durante aquellas 36 horas hubiera conducido una negociación secreta o alcanzado un entendimiento para poner fin a las hostilidades. Su intervención fue real, pero su papel como mediador directo en el desenlace militar no está acreditado. El Papa ante la patrona de la Argentina Esa misma tarde, el Pontífice viajó a Luján. La visita al santuario era uno de los momentos centrales de su breve estadía. Allí lo aguardaba una multitud que llegó desde distintos puntos del país para participar de la misa. En su homilía se definió como “el peregrino de los momentos difíciles”. Pidió a la Virgen que llevara consuelo a los corazones doloridos y sedientos de paz, que alentara a quienes soportaban el peso de la prueba y que fortaleciera la esperanza de una salida fraterna. La jornada terminó con un regreso a Buenos Aires, donde el Pontífice permaneció alojado en la Nunciatura Apostólica. Desde allí continuó recibiendo muestras de afecto de la gente que se agolpó en los alrededores. La multitud de Palermo y el último mensaje El sábado 12 de junio, segundo y último día de la visita se reunió con los obispos argentinos y representantes de conferencias episcopales de países vecinos. Les habló de la necesidad de que la Iglesia fuera una presencia de oración, consuelo y paz en medio de las dificultades que atravesaba el país. Después se trasladó al Monumento de los Españoles, en los bosques de Palermo, donde se levantó un altar para celebrar la misa de Corpus Christi. La concentración fue gigantesca. Las estimaciones de la época hablaron de alrededor de dos millones de personas , aunque la cifra exacta resulta difícil de establecer. Lo indiscutible es que fue una de las mayores movilizaciones populares de la historia argentina hasta ese momento. Había una consigna que se repetía entre la multitud: “¡Queremos la paz!” . El contraste con el discurso triunfalista del gobierno era evidente. Mientras la dictadura difundía comunicados que presentaban una situación favorable en el frente militar, el Papa hablaba de las vidas perdidas y de la urgencia de detener los combates. En las islas, entretanto, las fuerzas británicas avanzaban sobre Puerto Argentino. La batalla de Monte Longdon, iniciada durante aquella jornada, se convertiría en uno de los enfrentamientos más duros. En su despedida, antes de abandonar el país, Juan Pablo II volvió a pedir una solución que permitiera salvar la honorabilidad de ambas partes. Señaló que los dos pueblos sufrían por la pérdida de jóvenes vidas y que sus familias deseaban, por encima de todo, recuperar la tranquilidad y la vida de sus seres queridos. “No se dude en buscar soluciones, que salven la honorabilidad de ambas partes y restablezcan la paz”, exhortó. Dos días después, la rendición Cuando Juan Pablo II se marchó, la guerra todavía no había terminado. En las islas continuaban los combates y las fuerzas británicas se preparaban para el asalto final sobre Puerto Argentino. El 14 de junio, apenas dos días después de la despedida del Papa, el general Mario Benjamín Menéndez firmó la rendición. El conflicto había concluido con 649 argentinos muertos, 255 británicos fallecidos y tres civiles isleños víctimas de los combates. La derrota aceleró el derrumbe de la dictadura. Galtieri perdió el respaldo de los sectores militares y renunció pocos días después, el 17 de junio. El régimen que había iniciado la guerra para recuperar legitimidad terminó profundamente desacreditado, y la transición hacia la democracia comenzó a hacerse inevitable. Mientras tanto, una dictadura se desmoronaba y miles de familias esperaban noticias de sus hijos combatientes. La Argentina tuvo que enfrentar no solo la derrota militar, sino también el derrumbe de un régimen que llevó al país a una aventura trágica. Por entonces la paz no era una consigna de rendición, sino una urgencia humana.

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El 11 de junio de 1982, mientras en las islas Malvinas se libraban algunos de los combates más encarnizados de la guerra