Hay frases en los manuales de física que llevan tanto tiempo ahí que nadie las discute. Una de ellas dice que los materiales magnéticos se dividen en dos familias: los ferromagnéticos, cuyos espines electrónicos apuntan todos hacia el mismo lado y producen el campo que todos conocemos por el nombre de imán, y los antiferromagnéticos, reconocidos en 1933, donde los espines vecinos se alternan hacia arriba y hacia abajo, se anulan y dejan el material aparentemente sin magnetismo. Ese esquema de dos cajas gobernó la disciplina casi noventa años.
Ahora un equipo liderado por el Laboratorio Nacional de Aceleradores SLAC, del Departamento de Energía de Estados Unidos, junto con la Instalación Europea de Radiación Sincrotrón (ESRF) de Grenoble, ha publicado lo que describe como una confirmación experimental robusta de que existe una tercera clase. El trabajo aparece en Science y bautiza el fenómeno como altermagnetismo. Daniel Jost, uno de los responsables, lo resume así: en los últimos años se acumularon observaciones que no encajaban en ninguna de las dos cajas, y por fin hay una prueba que las ordena.
El material protagonista es el telururo de manganeso, MnTe, un compuesto que durante décadas estuvo cómodamente archivado como antiferromagnético. Según las reglas antiguas, sus espines deberían alternarse y sumar cero. Sin embargo, mostraba una habilidad que se consideraba exclusiva de los imanes: transportar corrientes de espín, es decir, mover información usando la orientación del espín electrónico en lugar de la carga eléctrica. Durante años, esa contradicción se trató como una rareza de laboratorio.
La pista decisiva fue la quiralidad, una palabra que describe objetos que no se pueden superponer a su imagen en el espejo, como una escalera de caracol o el hilo de un tornillo: la mano izquierda no entra en el guante de la derecha. La hipótesis del equipo era que la estructura magnética del MnTe esconde exactamente ese tipo de asimetría, y que ese giro invisible es la firma que separa a un altermagneto de un antiferromagneto corriente.

Para comprobarlo llevaron la muestra a la línea de luz ID32 del ESRF y la bombardearon con rayos X de polarización circular. El truco es elegante: un material quiral dispersa de forma distinta la luz polarizada a izquierda y a derecha, mientras que un material no quiral las trata por igual. El equipo encontró una señal quiral clara justo donde un antiferromagneto convencional no debería mostrar ninguna.
No fue una medición de última hora. El primer experimento se completó en 2024 y se repitió a comienzos de 2025 con resultados idénticos, algo que los autores consideran esencial para que la conclusión se sostenga. Rachel Nickel, coautora y responsable del diseño y la operación del experimento en el ESRF, calificó de asombrosa la velocidad con la que se confirmaron los modelos teóricos que se habían ido acumulando.
¿Qué tiene de especial la tercera clase? La respuesta está en la geometría de la red cristalina. Un altermagneto también alterna espines y tampoco tiene magnetización neta, pero la red que rodea a los espines que apuntan hacia arriba está girada respecto a la que rodea a los que apuntan hacia abajo. Ese giro sutil rompe una simetría, cambia el comportamiento de los electrones y permite reunir las ventajas de las dos familias anteriores en un solo material.
Ahí está el interés de ingeniería. Los ferromagnetos son frágiles frente a los campos externos: basta un imán de bolsillo para alterar bits en un dispositivo cercano. Los antiferromagnetos son tan silenciosos que resultan difíciles de leer y poco útiles para empujar corrientes de espín. El altermagneto combina estabilidad con la capacidad de generar corrientes polarizadas en espín, que es justo lo que hace falta para extraer información.

La lista de aplicaciones suena a plano de la próxima generación de computación: memorias más avanzadas, centros de datos con menor consumo y tecnologías cuánticas que dependen del espín y no de la carga. La espintrónica, ese campo que lleva años intentando construir hardware con la orientación del espín electrónico, gana un espacio de diseño que hasta ahora solo existía en el papel.
Conviene, eso sí, poner un freno al entusiasmo. El artículo confirma que este comportamiento magnético es real, no que haya un chip a la vuelta de la esquina. SLAC lo dice con claridad: no se ha demostrado ningún dispositivo práctico, y el siguiente paso es aprender a influir y controlar los estados altermagnéticos con luz y con electricidad.
Un detalle que merece atención: parte de la financiación vino de la Oficina de Ciencia del Departamento de Energía estadounidense, pero las mediciones decisivas de rayos X ocurrieron en suelo europeo. Una colaboración que cruzó el Atlántico terminó devolviendo a su casilla correcta un material que llevaba décadas mal clasificado.
Si imaginamos el magnetismo como una tabla, durante noventa años tuvo dos filas. Hoy se añade una tercera con bastante seguridad. Para casi todo el mundo no cambiará nada mañana, pero para quien estudia cómo fluyen la información y la energía dentro de la materia, esa fila extra significa un paisaje entero donde empezar a construir.





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